Dominadora dominada

Dominadora dominada

No sé si llamarlo karma o una burla del destino. La cosa es que quise ser ama, y por un descuido terminé sometida. Me convertí en dominadora dominada. Me vi en la obligación de ser sumisa, pero no en el aspecto físico, sino en el psicológico, que puede ser mucho más cruel y perverso.

Después del error que cometí aquella noche tormentosa, en que dejé entrar en mi casa a un menor de edad, los hechos se sucedieron de una forma aún peor de la que esperaba; y eso que lo que yo esperaba ya era bastante malo.

Lo peor que yo esperaba era que la mamá de Marcos (el chico que me espiaba por la ventana y que un día se apareció en mi departamento) me denunciara por abuso de menores. Eso me habría complicado la vida seriamente. Pero esta señora, de nombre Amalia, encontró una forma aún peor de hacerme daño y de transformar mi vida en una pesadilla. Esta es la historia de cómo, después de querer incursionar en el juego de la dominación y sumisión, terminé siendo una dominadora dominada.

Dominadora dominada
Dominadora dominada

Extorsión

Nunca supe si Amalia lo había planeado todo desde el principio, o si simplemente encontró la forma de aprovecharse de una situación que le quedó servida en bandeja. Pero el hecho es que, en lugar de ir por la vía legal, esta señora buscó cobrarse lo que yo le hice a su hijo por el camino de la extorsión. Tiempo después descubriría que para Amalia las vías legales no eran una opción.

El hecho es que, unos días después de aquel domingo en que Marcos estuvo en mi casa, su madre me pasó una nota por abajo de la puerta de mi departamento. Es una lástima que la tiré a la basura inmediatamente después de leerla, por que hoy me serviría para dar una idea de las características de la señora Amalia. Incluso me hubiera venido bien como prueba para el proceso legal que se inició bastante tiempo después contra esta señora y su marido.

Aún hoy se me retuerce el estómago al recordar lo que sentí al leer esa nota llena de amenazas espantosas que no puedo ni reproducir. Pero lo cierto es que la nota no era nada en comparación con toda la crueldad y el maltrato que vino después.

Esperando instrucciones

No tardé en descubrir que Amalia (curioso que su nombre empiece con la palabra “Ama”) era una persona inteligente, dueña de un sadismo digno de un asesino serial. Bajo la constante amenaza de denunciarme por abuso, me obligó a seguir sus órdenes, impartidas por mensajes de WhatsApp. Aún hoy sigo preguntándome por qué no simplemente dejé que me denunciara con la policía. La humillación y el sufrimiento hubieran sido muchísimo más leves.

Las instrucciones de Amalia me llegaban en cualquier momento, y debía hacer lo que ella me indicara. Al principio no me ordenaba nada extraño, e incluso pensé que me estaba perdonando. Hasta una noche en que decidió mostrarme de lo que era capaz.

Fue Justo una noche en que tenía un invitado en casa. Debía dejarme ver por la ventana de mi departamento, como lo había hecho en las ocasiones en que su hijo me espiaba. Le dije que estaba ocupada, que no podía en ese momento, pero no le importó.

Las órdenes de Amalia me llegaban por WhatsApp.

Tuve que inventar una excusa para que mi invitado se fuera. En cuanto me quedé sola, le di luz verde a Amalia para que empezara con sus órdenes.

Los preparativos para la humillación.

Días antes, Amalia me había ordenado que fuera a la verdulería a comprar los pepinos más grandes que encontrara. Me adelantó que me obligaría a hacer un “show”. No me imaginaba de qué se trataba, hasta ese momento.

Seguí sus órdenes. Me quedé parada en la ventana, con el teléfono en una mano y el pepino en la otra.

La humillación apenas comenzaba.

Era de esperarse. Sabía que me pediría que me desnudara. Lo peor era que, al tener la luz encendida de mi departamento, no tenía idea de quién podía estar mirándome. Le hice caso; puse el pepino y el teléfono en una silla y me desnudé.

Encima me pedía que le “pusiera onda”…

Me hizo sentir como una puta, obligada a disfrutar de algo que no tenía ganas de hacer, fingiendo que la estaba pasando bien. Puse una mueca parecida a una sonrisa y empecé a acariciarme con el pepino. Pero no me excitaba. Sentía que la textura rugosa me molestaba al frotar el pepino con mi piel.

Lo que me pedía esta hija de puta.

“Qué hija de puta”, pensé. Me sentía terriblemente humillada y enferma de rabia. Unas lágrimas se escapaban de mis ojos, pero seguí haciendo lo que me decía. Me sentía como si estuviera en una consulta con mi ginecólogo, pero con una tribuna llena de gente mirándolo todo. Y lo peor era que no tenía ni idea de quién estaba mirándome del otro lado. No sabía para quién ni para qué estaba haciendo eso.

En el departamento vecino, la luz del cuarto de Marcos estaba apagada. En cambio, estaban encendidas las luces de lo que parecía ser el comedor. Me pregunté si estaría toda la familia reunida, cenando, mientras miraban el espectáculo. “Morbosa hija de puta”, pensé.

Me masturbaba con el pepino pero no lograba excitarme. Mi cara se torcía por el llanto, y con un tremendo esfuerzo trataba de que pareciera que lo estaba disfrutando.

Hacía ondular mi cuerpo mientras me penetraba con el pepino. Sentía que estaba siendo violada, y eso me traía espantosos recuerdos. Mi llanto se hacía más intenso y hasta estaba empezando a moquear.

Odiaba eso cada vez más, pero no podría echarme atrás. Quería dejar de ser la dominadora dominada. Quería darle el gusto a esta hija de puta y que me dejara en paz de una buena vez.

Me arrodillé en el suelo, apoyando mi pecho en la silla. Con una mano abría mis nalgas y con la otra me metía el pepino por el ano. Un mar de lágrimas mojaba la silla.

Por fin me dio vía libre para terminar con esto de una vez por todas.

Hice lo que me dice. La penetración del pepino me molestaba y no lograba excitarme, pero finjí que lo estaba gozando, como una buena puta. Después de un rato simulé un orgasmo haciendo mi mejor esfuerzo por que pareciera real.

Bajé la cortina, apagué la luz y me acosté en la cama para seguir llorando y para tratar de pensar en algo que me hiciera olvidar lo que acababa de pasar. Ni me molesté en vestirme.

Pero lo peor ni siquiera había empezado.

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